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PRESENTACIÓN DE MUCANDINA
Los bosques de la sierra ancashina son el escenario de las aventuras de Mucandina y sus parientes zarigüeyas, todos con mucho espíritu de progreso, ávidos por recorrer los caminos de la vida en busca del hogar ideal, descubriendo el maravilloso mundo que les rodea, enfrentando peligros y aprendiendo de sus múltiples experiencias. La fauna, el paisaje, el clima, el día, la noche, los ríos, los cerros y los árboles forman parte de esta historia asociada con los valores morales y principios éticos que deben regir a todos pueblos de nuestro planeta Tierra, y que necesariamente incluyen la protección de nuestra riquísima biodiversidad, como un tesoro nacional que constituye un regalo para el mundo.
Mucandina y sus parientes tienen sus colas prensiles que muestran la piel desnuda y escamosa de la cara inferior de la punta. La piel rugosa se agarra mejor que la que está cubierta por mucho pelo. Con sus colas pueden apretar cosas o sujetarse de ellas, y enrollarse alrededor de las ramas de los árboles para recoger sus frutos con los que se alimentan, principalmente; así sus colas funcionan como una "quinta pata”. Todos ellos son de hábitos nocturnos y de naturaleza arborícola, lenta, pacífica, tímida y solitaria. Tienen cinco dedos en cada pata y en las posteriores tienen pulgares oponibles, como los de una mano humana. Todas las hembras de su especie tienen una bolsa en el abdomen llamado marsupio donde albergan a sus crías, que al nacer son hasta veinte hijos por camada, del tamaño de una abeja; pero sólo logran sobrevivir las ocho primeras que lleguen a los pezones de sus madres; luego de dos meses las pequeñas muquitas salen de la bolsa y se colocan en la cola y en la espalda de sus madres.
Mucandina y sus parientes son muy asustadizos y escurridizos. Una de sus características más sobresalientes es su manera de defenderse de los depredadores, ya que al carecer de métodos efectivos de defensa, se limitan a “silbar” o “gruñir” con el hocico abierto y al ser atacados segregan un olor muy desagradable a través de dos glándulas anales. Su último recurso es fingirse muertos; pero en realidad ellos no fingen, sino que al ser muy asustadizos, el miedo extremo los hace caer en un estado de coma involuntario, lo que explica el que disminuyan sus signos vitales y pierdan toda sensibilidad. Poseen pocos enemigos debido al desagradable olor que emanan de sus pieles.
Mucandina proviene de una familia que ha sobrevivido 60 millones de años y sus antepasados trasmitieron de unas a otras, de abuelos a nietos, y de padres a hijos muchas historias de antaño que servían, entre otras cosas, para educar e instruir, corregir y adoctrinar sutilmente a todos los de su especie. Ella siempre recordaba y valorizaba los relatos que a la luz del fogón hacía su abuelito, porque se convirtieron en las lecciones más importantes de su vida. Todos estos sabios relatos eran de fácil comprensión y gratamente entretenidos, y hacían que al anochecer, se escuchará sólo el chasquido de la leña arder acompañando la voz de su abuelo. Los ojos absortos de los de su especie seguían como luciérnagas aquellos relatos y de repente una entonación dramática les hacía imaginarse perseguidos por el puma, o reirse de los juegos de las vizcachas. Con los años, esta costumbre del abuelo de Mucandina, se fue perdiendo en el tiempo. Hoy, aquel espíritu narrador se mantiene vivo en las brazas del fogón, en espera de que alguien lo atice, y vuelva a encender el fuego de la sabiduría de antaño. Humildemente, pretendemos ser los que revivamos el fuego de luz y calor en la magia creativa que tienen todos los cuentos.
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